El escritor y su gato compartiendo soledades

El escritor y su gato compartiendo soledades
Los infiernos del escritor

viernes, 18 de agosto de 2017

Maestros del Blues. C.W. Stoneking... nos sirve aguardiente de su alambique australiano Javier Paco Miró.... y un tal Orsino Fulco no abre las puertas de su paraíso..




Por Javier "Paco" Miró








Su sonido parece salido de algún pueblo olvidado de Luisiana o quizás en algún viejo bar de Nueva Orleands. Sin embargo su origen es bien lejano a esas tierras, quizás no su corazón ni su alma. C.W. Stoneking nació en Katherine, territorio del Norte, Australia, el 15 de marzo de 1974. Hijo de Billy Marshall Stoneking.  En el año 2005 Stoneking registró un álbum de composiciones originales de blues titulado King Hokum. El álbum fue recibido con gran aclamación crítica en los medios de comunicación australiano después de su lanzamiento en 2006. En 2006, Stoneking formó su banda de apoyo, la orquesta primitiva de bronces. La formación actual es James Clark (tuba, contrabajo), Stephen Grant (Cucurucho), Stu Barker (trombón) y Johnny Machin (batería).


En el año 2006 el prestigioso crítico Tim Ritchie eligió King Hokum de C.W. Stoneking como el álbum del año. Al año siguiente su gira por Australia fue un verdadero suceso a tal punto que Radio Nacional la presentó como su evento principal. Ese mismo año King Hokum fue nominado para el mejor álbum de Blues/Roots en los ARIA Music Awards.  El 20 de octubre de 2008 Stoneking presento Jungle Blues, su segundo álbum de composiciones originales, que alcanzó el puesto nº 45 en el ARIA Albums Chart.  Jungle Blues ganó el premio al mejor álbum de Blues tradicional  y fue nominado para el mejor lanzamiento independiente, mejor artista masculino en 2008. El Álbum siguiente de Stoneking, Gon' Boogaloo, apareció el 17 de octubre de 2014, y alcanzó el número 17 en el ARIA Chart.




El Paraíso de Orsino Fulco

Amaba la oscuridad, el silencio y la soledad, pero entiéndase, Orsino Fulco era amante de la oscuridad inevitable, del silencio natural y de la soledad casual. Hombre de monosílabos Orsino Fulco. No necesitaba más que expresar gestualmente, con el agregado de una mínima interjección, su desprecio visceral por aquellos que observaban a sus amantes como prostitutas de compañía paga y temporal. Estimaba mucho a las prostitutas, sobre todo a las napolitanas, hermosas damas que invitaban placer en la vía del mercado Porta Nolana, debido a ello no consideraba prudente ni inteligente poner ambos afectos dentro de un mismo plano, y menos aún toleraba cualquier tipo de desplante hacia aquellas mujeres que lo acompañaban desde su precoz adolescencia.
Orsino Fulco amaba el paraíso tal cual como lo concebía, dibujado con trazos de melancólica oscuridad, armónico silencio y amable soledad. Ámbito de Dios, sitio reservado para aquel capaz de leerlo, no indagarlo con desconfianza y gozarlo con devota astringencia. Para su gobierno sospechaba que la resuelta y amable soledad del paraíso estaba determinaba por el carácter exclusivo que poseía. Orsino Fulco entendía que debía existir un paraíso para cada persona y que una vez arribado se construía de acuerdo a fundamentos subjetivos, quizás vividos. En tanto el silencio no incluía la sordera del vacío. Se trataba de armonías envolventes aún no pentagramadas que lograban caducar a todos los sonidos conocidos, incluso sonrojando a las más bellas páginas del romanticismo alemán. Como buen italiano, Orsino Fulco, disfrutaba mucho de las tristezas bávaras. La inevitable oscuridad era, acaso, el inciso más complejo para comprender y deconstruir. Bruma aliada, cómplice, enemiga de la vulgaridad y del sentido común; aguzar la mirada era la única cláusula que no se debía insolentar.
Orsino Fulco juzgó a ese momento como el oportuno para verificar los conjuros y sortilegios de su paraíso. Si mediar burocracias, de manera bucólica y serena, sentado en su silla de ruedas, como siempre desde su regreso de la guerra, y orientando sus ojos en dirección al crepúsculo, bebió de un trago el insípido elixir, néctar que en un diálogo casual conoció a través de su vecino el boticario, pócima indolora, que produce somnolencia y muy expedita desde la temporalidad. De inmediato, al despertar del letargo sibilino, comenzó a poner en duda la eficacia del brebaje; la oscuridad no era inevitable, el silencio había que conquistarlo, y la soledad era necesario exigirla. Su paraíso se parecía mucho a su vida. Por suerte, pensó para sí, semidesnuda y delante de él, una de las prostitutas napolitanas más bellas de la vía del mercado Porta Nolana estaba a segundos de atraparlo, utilizando como armas sus marcadas, extensas y liberales piernas...



jueves, 10 de agosto de 2017

Maestros del Blues. Hughes Taylor y el comienzo de la historia del Prometeo Fabrice (su destino, por ahora es incierto)



Hughes Taylor es un enérgico y ambicioso artista de blues de Macon, Georgia. Es conocido por su impresionante y realizado juego de guitarra y estilo eléctrico único que infunde las raíces de blues tradicional con blues optimista, de ritmo rápido y rock clásico. Hughes es autodidacta, inspirándose en artistas de blues y rock como Eric Clapton, Stevie Ray Vaughan y Jimi Hendrix.     




El Prometeo Fabrice




Sin prevenciones Fabrice encadenó su decoro al escritorio en donde reposaba desde hacía meses el vetusto ordenador personal, incluyó los épicos cronopios que durante los últimos cinco años apuntara al margen del texto cardinal y comenzó a bocetar su íntimo culto a Prometeo, acaso una peculiar metamorfosis, procurar reconocerse como invención y novedad. Dejó de lado las vulgaridades ligadas al sentido común como ser ordenar prendas en las maletas, viajar sin carta cierta, modificar su estética, cambiar de sexo, hasta desaprender el idioma para reemplazarlo por uno extranjero, no formaban parte de la fórmula. La transmutación debía incluir incisos nunca antes sometidos al escarnio que proponen tanto la controversia como la incompetencia. Por caso la memoria y la cultura, y ésta desde lo antropológico, es decir hábitos y costumbres, desde luego las bellas artes y la ciencia. La necesidad de deconstruirse para destruirse con eficacia sin llegar al absurdo límite de un no retorno, para más tarde y como final de juego volver a construirse metódicamente sin dejar inciso de lado.
Durante las primeras semanas Fabrice inició el proceso escrutando su moral y su ética. El asunto no pasaba por exhibirse banalmente despiadado, era necesario internalizar la perversión hasta ubicarse dentro de los mundos de la psicopatía más extrema, ausente de toda conciencia y vergüenza. Cada acción era minuciosamente pensada, desde el sabotaje a las instalaciones de las viviendas linderas, pasando por la desaparición de las mascotas de sus vecinos hasta la propia muerte de algún parroquiano de la cuadra. Y siempre, como eficaz coartada, exponiendo su agradable imagen como auxilio y testimonio del acertijo a descifrar. Una vez concluida la primera etapa el devenir fue más sencillo debido a que la moral, usualmente, acostumbra a podar nuestros más bajos instintos. Sin su onerosa carga la espontaneidad afloraría naturalmente...


sábado, 5 de agosto de 2017

Maestros del Blues. Matt Schofield, el Curcu Pomares y un viejo triciclo de carga Laponia


Virtuoso guitarrista y cantautor británico de blues nacido el 21 de agosto de 1977 en Manchester. A pesar de ser muy joven ya es una leyenda del género en las islas ya que es considerado uno de los mejores diez guitarristas de su historia. Se reconoce muy influenciado por BB King, Albert Collins, SR Vaughan y Clapton.

Discografía propia

·                    The Trio, Live (2004)
·                    Live at the Jazz Café (2005)
·                    Siftin’ Thru Ashes (2005)
·                    Ear to the Ground (2007)
·                    Heads,Tails & Aces (2009)
·                    Anything But Time (2011)
·                    Far As I Can See (2014)


Como productor y o acompañante posee una decena de trabajos adicionales.. 



El Curcu Pomares y el triciclo de reparto 




Finalmente el Curcu pagó por su obsesión. Aunque no le salió caro, apenas su vida. Inciso que para él no parecía ostentar un valor extraordinario ya que sacando su persona, a nadie le importaba, y todos sabemos que en estos tiempos en donde el mercado impera, lo que no tiene demanda no cotiza, y lo cierto era que la vida del Curcu Pomares no figuraba en la tabla valorativa de absolutamente nadie. No había quien lo demandara por sus ausencias, y menos quién le ofertare compañía, sendos eventos que disfrutaba con suma holgazanería. Pero era lo único que tenía para convidar, de manera que aún enfermo y desprolijo se dijo para sí, allá vamos. Para despejar prematuras incógnitas debemos aclarar que el Curcu no era un devoto de la inmolación, apreciaba la heroicidad pero siempre que no comprometiese sus culitos de ginebra de media mañana y del crepúsculo, en el boliche de Correa, bodegón de vituperables traza e higiene ubicado en la ochava opuesta y en diagonal al almacén del viejo Krubescu, un rumano ciertamente siniestro, hosco y descortés, del cual poco se sabía ya que había llegado al pueblo, en soledad, entre gallos y medianoches poniéndose en menos de una semana tamaño comercio, mercadito que para mal del vecindario era el más surtido y barato de la aldea.
Algo no le cerraba al Curcu de este inmigrante dacio de mirada entre paréntesis y fidedigna honestidad comercial, a tal punto que la curiosidad pudo más comenzando a bocetar a mano alzada el dibujo de un pretexto sólido y creíble que le permitiese acercarse sin que el hombre desconfíe sobre segundas intenciones. Desde la mesa que daba a uno de los ventanales del boliche el Curcu podía observar todo el movimiento del mercadito, tomar apuntes y señalar todo aquello, a su criterio, perfectible. Sospechaba que el único tema de interés para el rumano debía ser su negocio, de modo que no se distrajo en otros incisos. Espíritu empecinado el del Curcu. Luego de veinte días de observación y dos libretas de apuntes completas en tesis elaboradas y cronopios, no alcanzó a refinar su astucia para poder detectar alguna excusa de valor que le posibilitara interrumpir ese sesgo anacoreta que guardaba para sí el silente vecino Krubescu. No causaba espanto, ciertamente imponía un respeto superior, extraño en la aldea, tan exótico como su origen, debido a ello ingresar a sus infiernos era todo un dilema. Esos notorios indicios no amedrentaron en lo absoluto el espíritu inflexivo e insistente del Curcu, de manera que como el rechazo ya lo tenía asegurado fue sin mediar prevenciones a irrumpir al rumano con una propuesta en donde se ofrecía como prenda de amistad y prosperidad comercial.
Cierta noche de invierno lo esperó a la hora del cierre. Krubescu solía bajar la metálica americana a las nueve y media para dar definitivamente las hurras del día luego de que el último cliente saliera del local. En ese momento reforzaba las cancelas y corría los cortinados de manera nada sobre lo que ocurriese en el interior se viera desde la nocturnidad exterior. No había habitante en la aldea que en ese momento desconociera que el rumano estaba realizando el arqueo del día para religiosamente guardar el dinero en lugar seguro, acaso llevar una parte importante a su casa, vivienda distante tres veredas. La seguridad era un tema menor y sin relieve para él, por cuanto el comercio era lindero a la comisaría por los fondos de manera que se descartaba cualquier tipo de tropelía. Si tal cosa ocurría todas las miradas caerían de forma irremediable sobre el personal policial.

-        Señor Krubescu, cómo le va, lo incomodo si le comento algo que le puede llegar a interesar – requirió el Curcu –
-        Buenas noches. ¿Le parece qué es hora? – respondió el rumano, con su habitual media lengua dacia y algo molesto -
-        Pero usted está todo el día ocupado en el mercado, incluso los domingos, no tengo alternativa.
-        Y usted hace casi un mes que se la pasa, mañana y tarde, observándome desde el boliche de Correa. ¿De qué vive me preguntaba por estos días? No se preocupe, no responda, ya me dijeron que no es de peligro y que suele aprovechar bien las changas cuando las épocas de siembra y cosecha. ¿Cenó? – finalizó Krubescu -
-        No todavía, en realidad no suelo hacerlo, la noche y la soledad no son buenas compañeras de mesa – sentenció el Curcu –
-        Vamos, venga y acompáñeme si no tiene otro programa, me quedaron más de dos raciones de ropa vieja del mediodía.
-        Faltaba más, será un placer – respondió el Curcu con un marcado rictus de estupor -
-        Esperé un momento, voy a buscar una botella, mejor dos, de un Tannat edición limitada que recibí directamente desde Canelones, Uruguay. Será una buena oportunidad para probarlo y obtener una opinión más de la que pueda dar mi paladar. No se asuste, estoy enterado lo que se fabula y se dice con respecto a mi persona. Mañana, confírmeles la hipótesis, dígale a todos que es cierto, que soy un ogro, es una muy agradable y eficiente manera de ser discriminado y a la vez rendirle homenaje a mi soledad.


Veinte minutos después estaban cenando en la cocina de la pequeña casa colonial, morada de Krubescu, inmueble que alquilaba desde hacía una década y que más allá de poder adquirirlo sin necesidad de tener que afrontar ningún problema financiero prefería no hacerlo y rentarlo por razones humanitarias. La propietaria era una señora octogenaria, con dos hijos tan voraces como irresponsables. El rumano suponía que si le compraba la casa a la dueña ese monto le sería saqueado al instante por los dos malvivientes terminando sus días en soledad en un oscuro frontispicio para gerontes. Con este formato ella manejaba su mensualidad más la pensión por viudez, con serena autarquía. Los hijos no se acercaban nomás que para las formalidades familiares y una vez por mes se embellecía para recibir al hombre confiable y apocado que le administraba con orden y cuidado su vida.  Ella era la única en el pueblo que conocía perfectamente quién era ese rumano ermitaño al que todos recelaban.


-        Pero dejemos un momento mi relato personal de lado – exigió el dacio -, quiero escuchar lo que vino a proponerme.
-        Mire Krubescu. En estos días de observación pude comprobar que usted y su mercado requieren de un alivio en la tarea. Trabajar con menos presión y sin tanta congestión dentro del local. Y creo que yo lo puedo ayudar en eso sin que usted resigne un peso de rentabilidad y al mismo tiempo poder ganarme la vida de manera honesta teniendo ingresos regulares. Por mi parte pongo a disposición de su comercio mi viejo triciclo de reparto, única herencia recibida, y estas dos buenas piernas para llevar pedidos a domicilio. Usted no le añadiría ni un centavo por el servicio al monto global de la cuenta, mi ganancia estaría en la buena voluntad del cliente. Bajo esas circunstancias le puedo asegurar que la propina superaría holgadamente cualquier adicional. Además podría llevar hasta tres pedidos por viaje. Creo que usted aún no estaba en la aldea por entonces, mi papá lo utilizaba en primavera, verano y parte del otoño para vender helados Laponia y en invierno metía en la caja varios termos de café para luego aprovechar cualquier circunstancia de agrupamiento callejero popular y  pasear con su oferta entre la multitud: Procesiones, partidos de fútbol, misas, mitins políticos, carreras cuadreras, kermeses, son algunos de los eventos  que recuerdo. Usted me dirá si continúo.
-        Siga por favor, que aún no hemos abierto la segunda botella de vino.
-        De todas maneras la debo acondicionar un poco debido a que todavía conserva la iconografía de aquellos años. Aún recuerdo su fervorosa arenga publicitaria, cantito que lo dejaba afónico hasta que mi vieja, a la tradecita, le preparaba una sopera ración de leche caliente con miel: "Helao, helao. Helao tacita palito bombón crema-chocolate helaoooo" Siempre quise continuar el legado de mi viejo, pero la modernidad y el vértigo nos sacaron de circulación, a mí y al triciclo. Eso del delivery, creo que así se dice, ha impuesto reglas de velocidad con las cuales uno no puede competir. Pero como aquí no se trata de recibir el encargue a una determinada hora y menos a una temperatura de ingestión considero que la cosa puede funcionar. Su negocio tendría menos gente dentro del salón y tal vez hasta comercialice más artículos ya que la comodidad del no acarreo incluiría insumos que acaso se abstengan de llevar por exceso de equipaje. Hablo siempre de sus clientes de a pie. ¿Cómo lo ve?
-        Medio siglo atrás hasta lo hubiera tomado como empleado efectivo. Pero no estoy muy seguro. La calle está peligrosa, incluso aquí. Años atrás, y no le digo muchos, el entoscado regulaba bastante el entusiasmo de los automovilistas, hoy con el asfalto la aldea es una pista, sobre todo para los niños bien que gustan de las picadas – reflexionó Krubescu –
-        Usted deje eso por mi cuenta. Sé por dónde circular y cuáles calles o senderos evitar. Lo que es imposible de sortear es el siniestro plano inclinado ascendente de la vía y ese uno y otro lado que nos distingue de las grandes urbes. En ese sentido, dentro de lo que significa no tenerlo como servicio, menos mal que hoy pasa un solo tren por día, aunque muy lento y con cereal, por suerte viene avisando desde un par de kilómetros, mínimo, lo digo debido a que los cruces peatonales son en realidad huellas que fue diseñando la gente con los años y no existe ningún tipo de segura advertencia – aseguró el Curcu -
-        Es cierto. Pero bueno, confío en sus corazonadas. Vamos a probar dos semanas, si le sirve, la exclusividad será suya, y me comprometo a que si la cosa funciona las propinas no serán su único ingreso, de acuerdo al movimiento adicionaremos una suma fija a modo de canon fijo. ¿Qué le parece? – agregó Krubescu -
-        Más a mi favor. Seguramente los días de mayor trabajo serán aquellos en donde la lluvia o el frío se hagan presentes. Yo como estrategia comercial me pondría una computadora para recibir los pedidos por correo electrónico. Usted los armaría, yo llevo y cobro. Le seguro que el triciclo es un auténtico acorazado, un blindado ligero y veloz, además no entra una gota de humedad.
-        ¿Y el teléfono? - cuestionó el rumano -
-        Descártelo. Le interrumpiría su trabajo en el local. Con el correo electrónico usted maneja los tiempos. Además no se le van a acumular a tal punto de atosigarlo. Es un pueblo de tan solo dos mil habitantes, don Krubescu.
-        Usted será entonces el que maneje la logística.
-        Lo que me deja tranquilo es que se trata de una prueba que no le saldrá un centavo - principió Pomares - 
-        Eso espero, no deseo perder capital ni clientes.

Durante las dos semanas en las cuales transcurrió el ejercicio comercial pudieron comprobar que casi todas las presunciones del Curcu se presentaban de manera textual, más allá que se añadieron imprevistos que multiplicaron sus expectativas geométricamente. Por caso el sorprendente impacto que les causó la notoria baja de clientes físicos durante los días de inestabilidad climática. De hecho el ingreso de algún parroquiano se mostró esporádico y con un nivel de compra bajo producto de la manifiesta incomodidad que significa cargar bolsas bajo esas condiciones. Al mismo tiempo, y durante esas jornadas, el triciclo de reparto y la operatoria vía correo electrónico reemplazaron literalmente lo usual y cotidiano de la atención personalizada. El usual arqueo de final del día a manos del rumano no dejaba lugar a dudas sobre el crecimiento exponencial; el cansancio del Curcu y el dolor sus piernas al final de cada jornada daban fe del asiento libro diario. No hubo necesidad de volver a litigar sobre el tema, tanto Krubescu como el Curcu arribaron a un acuerdo económico en apenas cinco minutos. Salario básico de convenio en el marco de la formalidad y un diez por ciento de las utilidades que genere cada envío, las propinas, por supuesto, eran de exclusivo gobierno del Curcu.


Le explotó el corazón, fue lo primero que afirmó el practicante al detenerse en la observación del cuerpo inerme del Curcu, a poco de arribar éste a la unidad sanitaria del pueblo, luego de ser cargado por el rumano en la parte trasera de su rastrojero. Una ahora antes y preocupado por la demora, en un ocaso exageradamente destemplado, Krubescu cerró el negocio y salió en su búsqueda ya que le llamaba mucho la atención tal circunstancia. A metros de cruzar la vía la silueta del triciclo de reparto resultaba inconfundible. Sobre ella, y a la distancia, el Curcu aparentaba estar descansando debido a que se lo podía percibir con la cabeza apoyada por sobre uno de sus brazos, y éste por encima de la cajuela en donde tenía ordenados los pedidos según su exclusiva hoja de ruta. El dinero estaba completo y conforme según los pedidos entregados, no había signos de violencia y nada hacía presumir algo por fuera de un desenlace natural. Un exceso de confianza en sus fuerzas fue la conclusión del médico de turno. El esfuerzo para subir la extensa explanada ascendente rumbo al callejero cruce del ferrocarril con un peso desmedido fue letal para el esmirriado y escasamente entrenado físico de un hombre que hizo muy poco en su vida a favor de su salud y menos aún por su tonicidad muscular. El Curcu apenas había pasado los cuarenta y cinco años pero nadie a golpe de vista podía sostener la idea. Se lo observaba como una persona muy mayor al frente de una tarea demasiado exigente. Incluso un rumor malevolente, surgido dentro del espíritu chusma del centro de jubilados de la aldea, aseguraba que el desagradable y perverso rumano Krubescu estaba aprovechándose de las necesidades de un viejo solitario, ignorante y marginal.
Algunos dicen que pocos días después de las exequias Krubescu vendió el local con la inclusión del fondo de comercio y volvió a Rumania, otros afirman que sencillamente se mudo de pueblo. La única persona que sabe la verdad, ahora indefensa, no se embellece más y está muy ocupada procurando que sus hijos no la estafen ni la internen. El triciclo de reparto, con su iconografía original, se expone detenido, sujeto con una cadena a modo de publicidad en la vereda del kiosco que Correa armó en uno de los ventanales del boliche, el mismo en donde solía asolearse el Curcu Pomares cuando la hora precisa de su culito de ginebra. Se equivocó el Curcu Pomares, nadie pregunta por la historia de tan pintoresco armatoste, porque no es necesario, todos la conocen, acaso sea el relato más narrado por los coleros, y cada uno le adiciona algo como seña personal, de hecho el nuevo propietario del mercado desde hace un año, más cordial y simpático, pero menos leal como comerciante, al enterarse de los usos y costumbres del rumano asimiló la estrategia, haciendo reparto domiciliario pero en un tricargo, una suerte de vieja  motoneta con cabina, cobrando un adicional de veinte pesos por el envío, independientemente de su volumen.  






 ... Gustavo Marcelo Sala

sábado, 29 de julio de 2017

Cuando el arte explica.. Propato sabía (Cuento)... y una hora de las mayores guitarras de blues



Propato sabía…


Propato sabía, aunque bien lo disimulaba. Poco le importaba pasar por palurdo, ignorante, o acaso descolgado, descreía del juicio ajeno y más cuando este formato básico y banal lograba mimetizar esos escasos detalles elegantes y virtuosos que posee la inteligencia, incluso cuando la pobre intrusa es utilizada en su rango inferior, el más soez por cierto. Propato sabía, aunque bien lo disimulaba, se empecinaba en exhibirse subrepticio, ciertamente clandestino, sobre todo cuando sus linderos comenzaban a vulgarizar razonamientos y conclusiones motivados por lo que solía denominar el conocimiento enciclopédico irracional, proceso mnemónico que no relacionaba pericias, simplemente las acumulaba, hipótesis sobre la cual juraba no ser autor, debido a que no solía arrogarse absolutos; por devoción a Platón se manifestaba como un modesto espectador de lo real y lo aparente, con marcado interés por una categoría adicional no siempre detectada por el homo consumidor de la modernidad la cual se basa en una estructura de supuestos sociales que nos hacen proceder mecánicamente según pautas no escritas por lo vergonzantes, pero que circulan por nuestras mentes sin solución de continuidad desde que nacemos, digamos el vademécum del condicionamiento. Propato sabía que en la actualidad no era necesario invertir en anestésicos ni recurrir a cirujanos lobotomistas de categoría Nobel para tiranizarnos, alcanzó con que un par de generaciones tuvieran algo pequeño y terrenal que perder, real o ficticio, para iniciar un proceso dominante, cobardía de subsistencia la bautizó, molde que nos acompaña sin solución de continuidad desde la placenta hasta que, con el temor definitivamente instalado, tomamos nuestra primera decisión.   







Propato sabía que la humanidad estaba al borde de dar el último paso hacia su anticlimax, punto al que le costó arribar luego de casi medio siglo de confortable sadismo y que finalmente daría como resultado el último de los borgeanos extremos sucios: el exterminio. Propato sabía que la humanidad se había acobardado, pero no por amor y apego temporal a la vida, sino por la cruenta dimensión y enorme valoración que le otorgaba a los bienes que obtenía durante su transcurso y que abandonar con hidalguía ese transcurso y el peso de sus cosas no merecía digna temeridad; en definitiva ese era el plan madre para lograr el objetivo de una total subsumisión de la voluntad y sobre todo anular cada una de las capacidades cognitivas que nos sirvan para entender ese formato de manera tal nunca incomodarlo con preguntas críticas. 
Propato sabía, y lo sabía en silencio, y lo sabía en la soledad de su cincuentenario ausentismo  social, tal vez cínico, anacoreta y melindroso, pero lo sabía, y ese era su intangible capital, su apotegma, sutil y afinado adagio que compuso luego de décadas de vitales insomnios…
¿Pero qué hacer con ese conocimiento? se preguntaba Propato a modo de censura y reproche. Tenía varias opciones en su imaginario, ninguna lo reconfortaba. Estaba seguro que militar políticamente no era una de ellas debido a que lo ubicaría en el mismo lugar difuso que venía experimentando desde siempre, la soledad de su verba y una argumentación que posiblemente sería menoscabada y soslayada como testimonial. Tomar las armas sin organicidad, sin masas y sin estrategia banalizaría la tesis, a punto de instalarla como una nueva idea extrema dentro del recurrente universo revulsivo de los excluidos, más allá de que los objetivos señalados constituyan vigorosos símbolos libertarios para la sociedad de consumo y el sistema. Lejos estaba Propato de erigirse como un anarquista o un fundamentalista tardío. De la misma forma desechó de plano la instancia de posicionarse como un intelectual en la materia desarrollando textos literarios a modo de ensayo que exhibieran las cualidades y las calidades de sus razonamientos, y que al mismo tiempo lo instalasen como un teórico digno de excelentes montos retributivos a cambio de eruditas conferencias. Por ahora, la idea de Propato de ungirse como una suerte de predicador itinerante era la que más lo seducía. La sumatoria de su importante pensión por viudez – hasta el trágico accidente que le costara la vida, su esposa había sido durante 20 años Gerente de sucursal en una importante empresa de Seguros - más una prematura jubilación estatal obtenida merced a un leve y exagerado padecimiento cardíaco le permitía contar con la suficiente solvencia y liquidez para no padecer rigores económicos y poder recorrer los pueblos del interior en su auto, previo análisis de los recorridos, y transmitir su mensaje humanístico, sociológico, antropológico y político bajo el aura de los atavíos y disfraces pastorales. El atajo: llevar su científica palabra con auxilio de Dios. Propato sabía además que las personas, basadas en ese sentido común que tanto detestaba, poseían la suficiente capacidad de absorción para no darse cuenta en donde descansaba la subliminalidad y la intencionalidad de la propuesta. Vale decir, de ordenar cada una de las variables, desarrollaría su estrategia utilizando las mismas herramientas que deseaba combatir. Propato lo sabía, abandonar al identitario ser subrepticio era su mayor dificultad y en segunda instancia crear un lenguaje adecuado, sencillo, original, emotivo, que castigue los instintos más básicos, en consecuencia aquellos reflejos ajenos a su ser existencial. De manera que una vez tomada la decisión acerca de cómo desarrollar su último intento libertario, comenzó la visita de varios sitios digitales en donde podía hallar respuestas certeras a sus cavilaciones materiales. “El Taller de Entusiasmo” de Rozitchner y la conferencia de Manes del año 2015 titulada “Para Funcionar Bien, el Cerebro Necesita Desconectarse” fueron los postigos de ingreso a su sesuda investigación. Propato lo sabía, precisaba de los más sádicos y eficientes agentes del sistema dominante para crear ese idioma, ese relato normatizado, un guión que no permitiera poner en duda ninguna de sus premisas. Seis meses tardó aproximadamente para plasmar su conferencia en texto impreso. La tarea de desaprender le resultó más fatigosa que la de aprender, sobre todo cuando eso que se debe desaprender es extremadamente más valioso, de allí que fuera imperativo su definitivo reemplazo. Ensayada en varias oportunidades, relato, actuación y música componían una puesta a la cual solo le faltaba un partenaire femenino cuya modesta presencia contribuyera a la subliminidad dejando traslucir inocente seducción y solapado erotismo. Para ello publicó un aviso en su muro de facebook solo de acceso directo a personas que compartiesen con él grupos cerrados, puntualmente foros literarios, sitios melómanos de blues, nichos acotados compuesto por mujeres independientes y con ciertas características que especificaba en la propuesta: “Dama de excelente presencia y elevado nivel cultural, no es necesario documentar estudio alguno, un título es un detalle menor para la selección, entre 40 y 50 años, sin compromisos familiares ni lazos afectivos que ponderar, para propuesta societaria innovadora, itinerante y revulsiva. Las interesadas deberán enviar sus datos por privado a este mismo muro durante hoy y mañana inclusive”.



Dos usuarias con las cuales tenía fluido diálogo cibernético respondieron a la propuesta, señoras con las cuales no tardó en reunirse personalmente en sendas confiterías cercanas a los domicilios de las damas, intentos que tristemente se vio obligado desechar debido a que ambas adolecían de la vocación histriónica que la empresa ameritaba más allá de entusiasmarse con la idea. Por lo demás, tanto Patricia como Roxana, esos eran sus nombres reales, daban a la perfección con el “physique du rol” a tal punto que la belleza de las mujeres hicieron dudar a Propato sobre lo conveniente de continuar con el proyecto teniendo como gravamen el doloroso deber de abandonar tan hermosas y seductoras posibilidades. Pero su compromiso con la misión superaba cualquier deseo terrenal por lo cual prefirió continuar con su búsqueda. Luego de sus entrevistas, Propato sabía que la mujer ideal para la empresa no debía tener mucho que perder y una vida a reemplazar, acaso a eliminar, debido a eso comenzó un recorrido por los más selectos cabarets y bares de compañía del microcentro porteño. Luego de varias semanas de agotadora nocturnidad y ya frustrado debido a que aún nadie se había destacado ni siquiera como amena comitiva para un mísero trago rebajado, puso su atención en una madura y bellísima mesera de rostro angelical y figura lucida que se desempeñaba como tal en un magro burdel de la calle Maipú casi llegando a Lavalle. Tres noches seguidas amaneciendo en el apestoso e indecoroso congal alcanzaron para entablar fluida conversación con la mujer. La dama misma había observado que ese misterioso hombre de funyi y sobretodo, bebedor corriente, por noche, de tres copas del Merlot patagónico más caro, jamás se retiraba acompañado del lupanar y que solamente ponía atención en ella. Previa consulta con el propietario del lugar y obtenido su permiso, acaso algo dominada por la certidumbre y sus miedos, decidió encarar al extraño. Propato sabía, más temprano que tarde, que ella y sus temores decidirían. Divorciada, de 43 años, sin hijos ni relaciones que atender, Claudia manifestó de inmediato su entusiasmo con el proyecto, incluso podía dar rienda suelta liberando su adolescente vocación como actriz, impronta que tuvo la obligación de abandonar producto de las urgencias de una vida sin herencias ni albaceas. Propato sabía lo que no debía preguntar, sin embargo esas intensas y entrecortadas tres horas de conversación le dieron la pauta de estar delante de la persona textual. Se fueron juntos del burdel, del brazo, para sorpresa de los parroquianos, luego que Claudia, de manera gentil y amable saludara una por una a las chicas que alternaban en el lugar, más allá de que la mesera no formaba parte de ese staff, les tenía un cariño casi maternal, para finalmente presentarle su renuncia al proxeneta en jefe no sin antes desearle lo peor para su futuro. Propato sabía que exhibir una imagen de pareja conformada le daría sustento al acting pentecostal. La gente, por sentido común, considera a la familia formal como un valor admirable y que habla por sí de la estatura moral de las personas. Ambos estaban de acuerdo que no debían contradecir ese lisérgico sentido común si deseaban lograr que el mensaje llegase a puerto, de manera que comenzaron a ensayarse como conyugues sin dejar inciso alguno de lado. Si a su paso la pareja lograba enmendar los deseos insatisfechos de sus circunstanciales anfitriones no habría barrera que impida una reconvención positiva de sus valores. Eran ellos, su dialéctica, su actuación y sus capacidades empáticas los protagonistas exclusivos de esta meticulosa y susceptible revolución. Antes de finalizar la semana estaban conviviendo en el departamento propiedad de Propato ubicado en el barrio porteño de Villa Urquiza. La cuestión no resultó para nada traumática ya que la dama vivía desde hacía dos años, a modo de velada inquilina, en la casa de una prima segunda, separada, cuya única exigencia era que Claudia se responsabilice de los vencimientos, impuestos y servicios, no del dinero, sino del organigrama, oficiando como una suerte de administradora, tarea que a la propietaria le resultaba tan fatigosa como aburrida. Además hacía un mes que Inés, así se llamaba la prima, había comenzado una relación estable con una compañera de trabajo de manera que Claudia, a esas alturas, se estaba percibiendo como una contrariedad.



Propato lo sabía, el fracaso estaba casi asegurado, pero caminar hacia él por ese sendero y muy bien acompañado sería extremadamente excitante por lo incierto y si se quiere por lo infiel, aunque se reservaba para sí alguna leve confianza. Claudia merecía que la tuviera, de manera que dejar las llaves y firmar la autorización para alquilar el departamento en la inmobiliaria de su amigo Vilches fue la última tarea burocrática en la metrópoli. El gestor sabría qué hacer y en qué cuenta realizar los depósitos.
Lo primero a establecer era el recorrido, no tanto en su hipotético desarrollo sino en su comienzo. Propato sabía que posiblemente cualquier planificación resultaría obsoleta rápidamente debido a que era imposible traducir de manera taxativa las circunstancias de un ilusorio devenir, y en consecuencia, la temporalidad que pudiese demandar cada parada, pueblo o estación. Estaban de acuerdo en no pisar centros urbanos superiores a los treinta mil habitantes, la idea dominante era limitar la terciarización del pensamiento evitando la intromisión de los medios, a éstos solo les cabría una función meramente publicitaria en donde incluso, llegado el caso, se podía llegar a pautar una suerte de reportaje guionado. Propato sabía que con una respetable cantidad de billetes frescos y una buena producción se podía improvisar un relato asequible y persuasivo.
El sur fue el punto cardinal escogido; el sendero, la ruta nacional número tres. Partían de Buenos Aires, el primer extremo, el más sucio si cabe continuar con la la borgeana asociación; no tenían prisa para investigar cuál sería el otro extremo. Acordaron que Cacharí, localidad de casi tres mil habitantes, perteneciente al Partido de Azul, sería la experiencia inicial, pueblo cuya equidistancia de la propia Azul, ciudad cabecera del distrito, de Las Flores, de Tapalqué y de Rauch, les permitía sospechar de la existencia de una fuerte identificación con relación a su impronta histórica y a su genealogía. Luego de verificar el asiento de una sucursal del Banco de la Provincia de Buenos Aires, entidad en la que Propato tenía depositados sus fondos, consideraron que la aldea cumplía con todos los requisitos para enfrentar una suerte de primer ensayo dialéctico. Los casi 250 kilómetros recorridos pasaron rápidamente muy a pesar de no haber exigido en ningún momento al viejo pero bien conservado Ford Escort de fines de los noventa. Luego de consultar con el primer parroquiano visualizado se dirigieron directamente, a instancias de su recomendación, al Hotel Cachari, construcción de época, original y muy coqueta. Una breve charla con el encargado, café mediante, los puso en autos sobre la manera más eficaz de manejarse dentro de la villa en función de la actividad a realizar. Ingresar su mensaje al espíritu de la población vía la señal de la radio FM Impacto les daría un valor agregado de confiabilidad con buenas posibilidades de credibilidad, poniendo énfasis en aconsejarles, llegado el caso, al Club Porteño como centro neurálgico de reunión popular.

Propato sabía que debían ordenar la data, ir al Banco, tomarse el resto del día y tratar de caminar por el pueblo, a modo de breve reseña, para acercarse a esa primera impresión determinante. El trato con la emisora no trajo aparejado gravosos conflictos. Económicamente estaba dentro de lo calculado. Un micro diario de diez minutos a media mañana durante cuatro días les posibilitaría decorar dialécticamente y publicitar el encuentro público que sería el quinto día de estadía en el gimnasio del club. La pareja había desarrollado diferentes rutinas y guiones según fuera el ámbito anfitrión. Tenían claro que un teatro, una radio, un club, una plaza, una estación, un canal local, poseían lenguajes propios, tanto desde la oratoria como corporales. Si bien esta primera experiencia no podía imponer contundentes conclusiones, y más allá de un supuesto éxito de convocatoria, Propato sabía que por el momento no debían aventurarse hacia poblaciones de mayor envergadura. En esta etapa visitar poblados de hasta cinco almas era el objetivo de máxima. En la lista, además de Cacharí, estaban consignados Chillar, De La Garma, Cascallares, la comarca Oriente-Marisol-Copetonas, José A. Guisasola, para finalmente arribar a Coronel Dorrego, sacar las debidas conclusiones y reorganizar la gira, momento adecuado para analizar si daban el paso superior hacia densidades más importantes y como consecuencia de esta decisión modificar el recorrido a seguir.
Sin bien Propato sabía que buena parte del capital se recuperaría con los acostumbrados donativos de ocasión y comercializando los cuadernillos dogmáticos impresos para tales efectos, trabajo que por tres mil ejemplares le realizara al costo y cómodamente financiado su compadre Bonacechi, viejo linotipista experto en Minervas clandestinas durante la proscripción del peronismo, era menester mantener cierta prudencia en los gastos, sobre todo con lo concerniente a las vituallas.  


Propato sabía que la radio era el ariete para de conquista, luego todo se desarrollaría por añadidura. El vecindario del interior confía en su radio, su radio no les miente, su radio es parte esencial de la familia y es el nexo vital con el mundo exterior. Para ello la voz gustativa de Claudia y cierta cadencia bíblica en su forma de expresión, impostada desde luego, eran las herramientas a usufructuar. A la sensualidad para despertar el dormido espíritu erótico de los parroquianos, hombres ciertamente aburridos de ver siempre los mismos paisajes, se sumaba esa cadencia religiosa ensayada hasta el hartazgo para incitar la curiosidad de las fieles ante las nuevas formas de recibir la sagrada palabra. Justamente esas nuevas formas, ese nuevo lenguaje, eran los elementos cardinales para iniciarlos dentro de un proceso sentido, pensante e internamente deliberativo. De todas maneras Propato no descartaba que la cuestión pudiese deconstruirse de manera inversa motivada por incisos aún no previstos, acaso menos sospechados. La madura belleza de Claudia cautivó de inmediato a los jóvenes vecinos que con llamativa solvencia llevaban adelante la segunda mañana de la radio. El programa, típico de esa franja horaria, exhibía su miscelánea de manera muy prolija y con marcado buen gusto, lejos de la procacidad en la que suelen caer otras emisoras, incluso aquellas catalogadas como nacionales. Ellos fueron los primeros en hacer correr la voz dentro de la aldea sobre la seductora sofisticación de la dama y el elevado nivel cultural de Propato. Con el transcurrir de los días era un secreto a voces que el predio del Club estaría colmado en sus 400 butacas. Javier y Marcelo, los chicos de locución en la FM, se ofrecieron como anfitriones para colaborar en todo lo que la pareja necesitase durante el evento. Tomado el ofrecimiento, Claudia los proveyó de la misma cantidad de publicaciones como sitios había en el salón para que sea entregada a cada visitante a cambio de un óbolo sugerente pero no vinculante. Los muchachos exhibían un encantamiento abrumador por la mujer, de manera que no pusieron ni una mínima objeción a su solicitud. La deseaban, como cada uno de los hombres que cruzaban a su paso y Propato lo sabía. Los rústicos jóvenes no solo sumaban su edad sino que además mostraban ser apolíneos, viriles, elegantes y sumamente caballeros. De todas maneras Propato lo sabía, nada debía temer. La vida de Claudia había estado repleta de individuos semejantes llegando hasta sus días conocidos en soledad, de manera que si la ventura determinaba perderla no iba a ser por cuestiones tan vulgares como una mera razón física o sexual, sino deberían existir cuando menos pretextos existenciales superiores para atender y entender. La noche fue un éxito completo y absoluto. No solo la pareja se vio obligada a firmarle al público los ejemplares de su dogma titulado “Filosofía del tercer milenio”, sino que además recaudaron en concepto de donaciones el triple de lo invertido en tanta cantidad de ejemplares, incluso el propietario del Hotel Cachari no tuvo mayor satisfacción que negarse rotundamente a cobrarles la estadía ya que el propio Delegado Municipal fue el encargado de abonar la adición al declararlos, a instancias del Honorable Concejo Deliberante, visitantes distinguidos e ilustres ciudadanos del Distrito, honor que les abriría automáticamente las puertas de la vecina aldea de Chillar, localidad por ellos previamente listada, distante ciento veinte kilómetros hacia el sur y perteneciente al mismo Partido.


Propato lo sabía, la miseria humana no tarda mucho en aparecer cuando ve la luz una nueva verba humanística, sin antecedentes ni prontuarios, sin cargas onerosas ni escándalos mediáticos, sin famas ni cronopios, sin doble mensaje ni doble moral. Varios integrantes de las fuerzas vivas e instituciones intermedias de Cachari, luego de asistir al evento e informar a sus colegas de la ciudad cabecera sobre el contenido ideológico del encuentro, se reunieron para debatir lo escuchado y llegado el caso, ante el anunciado arribo de la pareja a Chillar, tomar las medidas pertinentes. La dialéctica exhibida por la pareja, su significado y su significante, preocuparon sobradamente al establishment local luego de haber comprobado la penetración que había tenido el mensaje en el público concurrente. Las damas representantes de los distintos credos abogaron directamente por prohibirles nuevos eventos dentro del distrito, los presidentes de las asociaciones de cultura, de comercio, industria, agricultura y  ganadería, le exigieron de inmediato al Intendente dar por finalizados estos mensajes subversivos y no permitirle a la pareja reeditar la experiencia. El propio Intendente y su esposa, asistentes al cónclave, habían quedado seducidos por ese sereno recado humanista elaborado con pasión y con inteligencia, con respeto y con vocación pontificia, asamblea delicada y modestamente decorada por los exquisitos compases del blues melódico instrumental, compilado de hora y media que la pareja misma seleccionó y que servía como fondo a la palabra: Ronnie Earl, Snowy White, Joe Satriani, Mick Taylor, entre otros, fueron apreciados por personas que no solo desconocían sus existencias artísticas sino que mayoritariamente nunca habían escuchado acorde alguno del género. Propato sabía, más allá de la aplicada estética y del cuidado sensorial de sus reuniones, que la filosofía para el tercer milenio, su dogma de vida solidario e integral, debería enfrentar la ignominia de quienes se consideran propietarios de los valores morales, imperio que no puede ni debe ser puesto en tela de juicio. Justamente esa era la razón cardinal para ordenar su recorrido a partir de las pequeñas localidades. Todo lo que en ellas sucediera daría como resultante un breviario de experiencias intransferibles, urgentes de atesorar en el marco de un proceso acumulativo de aprendizaje, acopio de conocimiento sobre las reacciones naturales de los foros dominantes, los cuales exhibirían como común denominador, por fuera de sus particulares locales, impulsos piramidales de poder en donde éste se sostenía apuntalado por leyes ancestrales de subsumisión. En algunas aldeas la heráldica y el abolengo, en otras un descarnado sistema feudal explícito, ambos formatos insertados no solo en las instituciones intermedias sino también dentro de las organizaciones políticas. Propato sabía que esta extrema experiencia de trinchera era la más fuerte para sopesar debido a que la miserabilidad humana, imposibilitada de mimetizarse, los miraría a los ojos, cuestión que raramente podía suceder en los grandes centros urbanos, lugares en donde este ordenamiento sabe disimular sus obscenidades mientras la muchedumbre se distrae sin el agobio del pensamiento crítico y ociosos dentro de un estatus de cotillón. Los textos que enamoraron al pueblo y que con la misma intensidad despertaron la ira del orden establecido y su correlato inquisidor ante las autoridades fueron escritos por el mismo Propato durante los dos últimos años inspirado en la ausencia de una dialéctica que al mismo tiempo definiese con precisión el dilema humanista de la sociedad, proponiendo lineamientos éticos, estéticos y morales en donde los contenidos filosóficos bocetados por un idioma lógico le permitiera descubrir por sí solo al concurrente que en una sociedad humanista el otro es nuestro antecedente, nuestro presente y nuestra posteridad, de manera  que la alteridad no es un principio político es una conducta social de carácter celestial, en donde la caridad individualista no tiene cabida debido a que la solidaridad pensada lo es todo. Una filosofía afectiva que no venía a imponer íconos ni necesitaba crearlos, una búsqueda del saber que invitaba a una verbena de creencias y de ideas.



La pareja partió en su auto rumbo a Chillar a media mañana del día siguiente, desde luego que huérfanos e ignorantes de todo aquello que por debajo de la superficie cachariense sucedía. Como en la maravillosa “Crónica de una muerte anunciada” todos en la aldea sabían de la existencia de una próxima víctima, incluso sus afectos más cercanos; todos, menos la víctima: Santiago Nasar. Aunque en este caso Propato sabía.

Luego de dos horas de viaje por una ruta geográficamente compleja por sus desniveles y sin mayores atractivos arribaron a Chillar. De inmediato observaron que cierta frialdad asomaba en el semblante de los parroquianos requeridos. Se sintieron malamente conocidos, y como tales rechazados. En los dos alojamientos consultados no les dieron respuestas favorables para su estadía a pesar de no haber ninguna fiesta ni evento por esos días que implicara sospechar de una plena ocupación, los clubes estaban cerrados y tanto la emisora FM Del Espacio como la FM Ilusiones se negaron a negociar la propuesta de la pareja. Propato sabía lo que estaba sucediendo por tanto, luego de explicarle la situación a Claudia, decidieron emigrar del lugar no sin antes pasar por la YPF que estaba ubicada en el cruce de la diagonal de ingreso principal al pueblo con la ruta nacional tres. Cargar nafta y comprar algo para comer y beber durante el viaje hasta arribar a De La Garma, distante otros ciento treinta kilómetros, era el terrenal objetivo. Apenas ubicado el auto en la isla de surtidores se les acercó un joven de unos veinte años exponiendo una sonrisa tan amplia como cordial. Mientras Claudia se bajó del auto para ir rumbo al maxikiosco habilitado a la vera de los baños, entre el lubricentro y el lavadero de camiones, el muchacho le pide las llaves a Propato para liberar el tanque de combustible..
-        Buenos días, súper, por favor.
-        ¿Se lo lleno?
-        Si, le calculo que debe andar por la mitad.
-        Usted debe ser el predicador. Los describieron muy bien. El modelo del auto, la llamativa belleza de la pastora.
-        No exactamente. No soy predicador ni mi compañera pastora, nuestra palabra no es religiosa.
-        Si me enteré. Se comentó mucho desde ayer que hoy pasarían por el pueblo. Hubo órdenes de incomodarlos para que no se queden. Negarles alojamiento, que las radios muestren desinterés, que las instituciones permanezcan cerradas. Los caudillos locales manejan todo, menos la Estación de Servicio. Esta YPF no está dentro de sus dominios, encima no es oficial, es privada, el dueño vive en Tres Arroyos y debemos trabajar estrictamente de lunes a domingo de 7.00 a 21.00. Somos dos parejas que nos repartimos la semana, mi novia está atendiendo a su esposa en este momento. Nosotros vivimos en Benito Juárez, cincuenta kilómetros más para el sur, acaso por eso no estamos contaminados y puedo estar hablando con usted.
-        Así que estamos censurados, prohibidos.
-        Yo diría que son personas a evitar. Aquí no son tan valientes para prohibir o para censurar. Solo sugirieron no atenderlos debido a que su mensaje era pernicioso e inmoral, que atentaba en contra de los valores chillarenses.
-        Me ahorra el trabajo de insistir, mi amigo. Amén que usted forme parte de la trama y haya sido puesto aquí para que justamente no insista.
-        Le hubiera dicho que no había nafta y listo. Total, si continúa para el sur tiene otra YPF en la rotonda de Benito Juárez, y si va para el norte en Azul. Ambas a la misma distancia, con cinco litros llega cómodo.
-        Discúlpeme, ciertas cuestiones aún me enojan.
-        Lo entiendo. Pero debe seguir con su ruta, ustedes les hacen muy bien a las personas. Uno de mis hermanos vive en Cacharí y presenció su asamblea. Quedó maravillado. Estaba muy emocionado. Lo primero que hizo cuando llegó a la casa, sabiendo que venían a Chillar, fue escribirme un correo electrónico contándome la tardenoche vivida, el mensaje, la música, y la experiencia inédita de un sereno ambiente de festividad humanista.
-        Le agradezco.
-        En todo caso a mi hermano.
-        ¿Usted cree que en De La Garma nos sucederá lo mismo que aquí?
-        Despreocúpese, pertenece a otro distrito. González Chaves. Además es un pueblo con vida propia ya que para colmo está bastante lejos de la cabecera. Es algo hermoso. Pasarse un fin de semana vale la pena. No tiene playas ni sierras, pero es una postal de llanura. Una pena que pase de largo Benito Juárez.
-        Todavía nos queda grande, estamos experimentando en poblaciones pequeñas. Tal vez lo visitaremos cuando hagamos la vuelta.
-        Si nos dan los horarios póngale la firma que vamos a estar en la asamblea. Mi novia Diana, que vive con su padre en Juárez, tiene a la madre viviendo en De La Garma la cual hace tiempo nos insiste para que vayamos a visitarla. Está separada del papá de Diana, incluso hace pocos meses hizo pareja con quien es actualmente el Delegado del pueblo. Gente muy piola. Además en Chávez gobierna el pueblo peronista, aquí gobiernan los patrones radicales. Sería un excelente pretexto.
-        Mire, yo le calculo que vamos a estar cinco días. El de la llegada para afincarnos, caminar el pueblo y asimilar sus aromas, tres días haciendo prensa y sociales, y el quinto sería el día del evento. A la mañana siguiente, bien temprano, estaríamos partiendo para Micaela Cascallares.
-        Bárbaro, generalmente los fines de semana trabaja la pareja de relevo. Cuando lleguen a De La Garma pregunten por un tal Julián, es dueño del hotelito José María. Si no tenemos lugar en lo de mi suegra, cosa que dudo, de lo contrario no nos insistiría para que vayamos, seguramente pararemos en el hotel. Son seiscientos cincuenta pesos de nafta señor Propato
-        Suyo.
-        ¿Agua, aceite?
-        Metalé amigazo, revise, le abro el capot, yo aprovecho para ir al baño.

El camino de regreso hacia el auto fue compartido por la pareja ya que los sanitarios eran linderos al maxikiosco. En el breve recorrido Propato puso en conocimiento de Claudia lo conversado con el servicial playero. En la bolsa de compras un par de tiras de pan francés, embutidos a discreción y dos botellas de gaseosa sin azúcar completaban la vianda para el futuro inmediato. Propato sabía que no debía ilusionarse. Una generosa propina al joven por la revisión y la limpieza de los cristales y un apretón de manos fraternal fue el único buen recuerdo que le dejó Chillar a la pareja. 


Los veinte días subsiguientes conformaron un collage de hermosos momentos nihilistas. Cada una de las pequeñas localidades visitadas recreaba a la vieja  Sinope de Diógenes y sus ágoras y sus libertarias masturbaciones al aire libre. Ese cinismo poético, aquel que había nacido como visceral rechazo a la materialidad. No se habían reeditado experiencias ingratas como las de Chillar. El entusiasmo, la sensibilidad y la afectividad recibida en De La Garma, en Cascallares, en la comarca que animaban Oriente, Marisol y Copetonas, en Guisasola, los entusiasmó para pasar a densidades más importantes, aventurar sus asambleas en ciudades pequeñas, cabeceras de distrito, comunidades que no superen los veinte mil habitantes, por supuesto que sin dejar de lado los pueblos, el mensaje no debía nunca escindir realidades ni contemplar la posibilidad de una mínima discriminación. De manera que solo se trataba de incorporar al listado nuevos centros urbanos y modificar substancialmente el proyecto, tal vez lo más importante para la pareja era buscar una radicación estable en algún poblado que sirviera como centro de operaciones. Casi al unísono acordaron que Coronel Dorrego, por su ubicación, era el enclave justo para afrontar el programa diagramado ya que poseía todas las características geográficas, sociales y  urbanísticas necesarias. Tres días en el Hotel América les costó temporalmente conseguir una pequeña casa de barrio en alquiler por el lapso de seis meses. La ciudad se encontraba dentro de la franja de poblaciones típicas de llanura, escasamente desarrollada y con una economía de subsistencia de acuerdo a una impronta primaria que aborrecía toda posibilidad de industrialización. Jóvenes que emigraban en pos de aventuras humanas, médicos clínicos que derivaban tratamientos por obligación ya que no existía tecnología que los pudiese afrontar, liquidez monetaria que se invertía fuera de sus fronteras, un comercio de limitada variedad y escaso movimiento, era el paradigma ciudadano elegido por sus habitantes. Propato lo sabía, a sus fines era el sitio ideal, y como todo ideal, peligroso a la vez. Desde esas latitudes dorreguenses como bunker podían peinar todo el sur bonaerense, el noreste rionegrino y el este pampeano. Estaba resultando todo demasiado bien, había llegado el tiempo de las prevenciones, de abrir los ojos, pensó Propato. 


La bella Claudia vivía su rol con extremada pasión. Amaba amar todo lo que Propato amaba, aunque a Propato no lo amaba. Propato sabía que a Claudia su cuerpo amante le pesaba, la realidad le señalaba que desde hacía muchos años los hombres habían dejado de promoverle inquietudes y sensaciones. La gratitud y un sincero afecto compañero, acaso la palabra preferida de ambos, lubricaban una relación que aún no había sido sometida a exámenes exigentes. De igual modo Propato amaba todo lo que Claudia escogiese amar, y aunque sabía que no era amado se consideraba bien pagado por la ventura. En cierto punto de la vida Propato sabía que para ser feliz con una persona no era necesario obligarse, esfuerzo absurdo por sus nulos resultados más allá de que generalmente sofocaba y aceleraba cualquier tipo de finitud.
La comarca serrana de la Ventana, Coronel Pringles, Monte Hermoso, Tornquist, Coronel Suárez, Pigué, Puan, serían las futuras asignaturas de estudio, dejando para más adelante todo lo referido a la ruta tres y la línea sur, desde Bahía Blanca hasta Carmen de Patagones. Obviamente el comienzo sería en Coronel Dorrego y más teniendo en cuenta la excelente acogida que habían experimentado tanto en Oriente como en Guisasola, localidades pertenecientes al distrito; sospechaban que si bien las distancias eran importantes, sobre todo con la primera de las aldeas, ambos antecedentes los harían menos extraños. En efecto, pocas horas después pudieron verificar que no se equivocaban ya que en las dos entrevistas pautadas, una en la AM local y la otra en una de las FM, recibieron decenas de llamados laudatorios y de afectiva salutación desde aquellas localidades, cuestión que laboró como publicidad espontánea, mimo natural. Lo cierto es que las sendas entrevistas extendieron en exceso los minutos pautados justamente por la cantidad de caricias recibidas a la distancia.

Propato sabía que no debían banalizar el inesperado fenómeno y que muy probablemente, así como existían fervorosos celebrantes, deberían ocultarse agazapados en las cañadas de la llanura censores e inquisidores que no tendrían reparos en exteriorizar sus disgustos. El primer signo de esotérica malevolencia lo vivieron ante la negativa del conservador Club Independiente al no permitir realizar en sus instalaciones la asamblea humanística. Un acuarelizado pretexto formal en cuanto a la habilitación municipal del salón principal para eventos fue el argumento expuesto. No tuvieron mejor fortuna con el Club Sarmiento, de manera que ante las evidencias decidieron no insistir con las entidades deportivas, resignar capital y tratar de negociar con el propietario del Cine Teatro San Martín, predio céntrico muy poco utilizado socialmente, con capacidad para más de novecientas almas. Les asustaba el tamaño del ámbito, pero ante la hostilidad percibida optaron por mantener su libertad de acción. Al acuerdo se arribó sin mayores dificultades, un hombre urgido por deudas y responsabilidades no estaba en posición de aguzar sus ambiciones; rápidamente Propato dio conformidad al valor del arancel y con un apretón de manos sellaron sus mutuas confianzas. Los dos días subsiguientes sirvieron para difundir en los medios de comunicación la fecha y el horario de la asamblea aprovechando los micros publicitarios pautados. El sábado a las 20.00 horas sería la cita. 

Propato sabía que el establishment de Coronel Dorrego era de cuidado. Hacía un tiempo había leído la historia del martirio de Juan B. Maciel, caudillo radical y popular, emboscado en el año 1937 en la plaza central y que cayera muerto víctima de dos certeros disparos conservadores provenientes del campanario de la parroquia. Asesinato que quedó impune por siempre. De hecho, durante la tarde, visitó el monolito que recuerda la masacre y aunque no era su costumbre, rezó por el hombre y sus compañeros caídos. Estar frente al dolmen provocó que mantuviera intactas sus prevenciones, advertencias internas que procuraba no contagiarle a su compañera. Sentía no tener derecho de trasladarle a Claudia sus insolvencias y temores.
Midió su entusiasmo cuando el propietario del cine teatro San Martín, quien se ofreció desinteresadamente para colaborar, les informó que el ámbito, inesperadamente, había quedado chico, incluso tuvieron que permitir que la gente se acomodara en los pasillos, con la añadidura de que no quedaban más ejemplares de las gacetillas para distribuir por lo que la cifra recaudada en concepto de dote superaba ampliamente todas las expectativas. La primera experiencia en una ciudad cabecera de distrito parecía entregarle un mimo bastante súbito para el escéptico y desconfiado paladar de Propato.

El ambiente y la verbena habían diseñado un matrimonio en donde no existía posibilidad alguna de discrepancia, cambio de opinión o leves antagonismos. Los elaborados y bellos textos poéticos y humanistas de Propato eran acompañados por la nigromancia seductora de su bella compañera, corporalidad espectral, hechizo absoluto que Claudia dominaba a voluntad. Sus danzas eróticas bajo los gobiernos del blues estaban notificando de la buenaventura existencial. No era preceptivo bendecir, ni pontificar, ni solicitar milagro alguno, el prodigio era vivir ese instante, estar allí y continuar de otra manera. Acaso por ese estado de éxtasis todos los presentes demoraron varios minutos para comprender que primero Claudia y luego Propato habían sido heridos de muerte en plena asamblea humanista delante de un auditorio colmado y feliz, producto de cuatro disparos expulsados desde un rifle Gamo Whisper 4.5 mm con silenciador provenientes desde la cabina de proyección. Propato lo sabía. En el breve lapso de tiempo que medió entre el melancólico y sangrante reposo de Claudia, en uno de los laterales del escenario y el primer impacto recibido en el cuello, recordó a Maciel y a sus compañeros caídos Costa, Vera y Navarro, y a las emboscadas y a las traiciones. Antes de recibir el segundo impacto en la frente, Propato lo sabía, había escogido con precisión el sepulcro, tal vez el más eficiente. Coronel Dorrego no defrauda si de aquellas ninfas se trata y aunque no se conozca a nadie, es un muy buen lugar para ser ultimado.

Gustavo Marcelo Sala