El escritor y su gato compartiendo soledades

El escritor y su gato compartiendo soledades
Los infiernos del escritor

miércoles, 16 de enero de 2019

Maestros del Blues …Jimmy Thackery y un prólogo que aún aguarda por su libro…






Nacido el 19 de mayo de 1953 en Pittsburgh, Pensilvania, este cantante y compositor de Blues transcurrió su primera década y media de carrera dentro de la banda The Nighthawks para luego en 1986 enfocar su labor desarrollando giras y shows como solista. A fines de ese mismo año incorpora a sus espectáculos una banda llamada The Assessins con la cual recorre de costa a costa los EE. UU. Algunas grabaciones aisladas y un CD en 1989, titulado, Cut Me Loose fueros los trabajos en estudios que legó el grupo, para separarse definitivamente en 1991.




A partir de allí formó el trío denominado Jimmy Thackery and the Drivers con el cual alterna presentaciones y grabaciones dentro del esquema grupal o en soledad. Desde su primer trabajo en 1985 titulado Sideways in Paradise ya lleva más de una veintena de álbumes siendo considerado por la crítica y sus pares uno de los guitarrista de blues eléctrico más prolijos, prolíficos y virtuosos del presente.




Prólogo del Libro de cuentos y relatos breves titulado El Sendero de los Extremos Sucios 
de Gustavo Marcelo Sala

El tiempo es nuestra máxima catástrofe



Con todas las prevenciones y temores que la empresa demanda y tolera ha llegado el momento de salir en la búsqueda del hombre que no fui. Y si me esfuerzo, acaso a través de una percepción rápida, completa en sentido común y falsos conformismos, dudo seriamente en desear encontrarlo. A mi edad, aborrecería sus reproches, que sus éxitos le reclamen a mis fracasos banales hidalguías, esas que solo pueden exhibirse post mortem y en boca de correveidiles que ingresaron a la verbena poco después de haber prestado atención a la existencia de un cierto haz de luz espiritual, un número indefinido de tazas colmadas con humeante café y aletargados sones de armonías sacras. Estimo que ser el muleto de lo que pudo haber sido y no fue resulta una pesada carga en horas en donde la contabilidad nos habla de absurdos balances y ficticias posteridades. No sería capaz de sostener sin rebeldía la irónica y cínica perplejidad de su mirada al detenerse en mi estado de proscripción, inseguridades que yo mismo comencé a diseñar al momento que cuando joven opté por darle licencia a sus servicios. Detesto la superioridad moral del que nunca rompió una fuente de loza porque nunca la lavó, del que no tuvo la valentía de perderse debido a que siempre se quedó esperando, del que jamás lloró porque evitó transitar por el sendero del sentimiento. El tiempo individual es nuestra máxima catástrofe; como nos conoce y es nuestra sombra y memoria nos delata, y es el que no nos permite, cual cancerbero, liberarnos, para intentar con modestia usurparle algunos minutos de descuento a la inexorable finitud. 




Allí, cual excelso anfitrión, echado holgazanamente en el sillón más cómodo del abismo, a la vera del hogar y su crepitar, me aguardaba paciente, escuchando, tal vez para edulcorar mi sosiego, los acordes de Close to the truth de Tony Joe White, cruzado de piernas, fumando un Montecristo número tres, el tabaco preferido del Che, con dos copas del mejor Merlot patagónico, todas elegancias y símbolos a compartir. Imposible negarme. Al ser su muleto, su mejor fracaso, conoce de mis debilidades y siniestros gustos terrenales. A la izquierda del hombre que no fui, sobre una mesa de hierro fundido, lindera al sillón, descansan mis seis novelas, cada una de ellas prolijamente anilladas cual manuscritos de certamen, de igual modo mis tres antologías de cuentos y los dos compendios de poesía. No alcancé a entender el tenor de su desafío hasta que comenzó, a espacios temporales constantes, a lanzar cada pieza literaria hacia el centro del bracero para que las llamas hagan de los textos su extinción, excepción hecha de la miscelánea de cuentos titulada “El sendero de los extremos sucios”, borrador que inquisidoramente y para mi confusión atesoró, ignorando las razones que alimentó para tal afán. De inmediato comprendí que el hombre que no fui no venía solamente por mi tiempo y mi memoria, sino también por aquello que pudiera quedar de mí: una fuente de loza astillada pero limpia, un valeroso y épico extravío, y el cause de una lágrima que aún se niega a dejar de amar. Y al hombre que no fui le tuve compasión, y lo miré a los ojos, y cuando ya sonaban los últimos acordes del blues, y cuando el habano cubano exhalaba sus últimos círculos de humo, y cuando las copas quedaron vacías del tinto elixir, me puse de píe para iniciar el camino, tranquilo y satisfecho,  en dirección a la pira, no sin antes agradecerle, al hombre que no fui, por los servicios prestados cuando de muchacho y ante la propuesta tuve que escoger.




miércoles, 9 de enero de 2019

Maestros del Blues… Rich Hope… poetiza la mítica Joni Mitchel, aceptando ambos la invitación que Javier “Paco” Miró les hiciera de paso por Canadá…










por Javier Paco Miro

Bueno ya que andábamos por el gran país del Norte (no, no es USA) seguimos paseando por sus lugares increíbles sus lagos y bosques, saboreamos unos panqueques con cerezas negras y jarabe de arce y luego nos tomamos una exquisita birra local de marca “Maudite”. Sentada en la barra una mujer mayor luce con elegancia la profunda mirada de sus ojos azules, sonríe y me pasa unos versos escritos en una servilleta que hablan de tiempos lejanos de jóvenes con sueños.
Recuerdo la frase de un viejo amigo: “No es lo mismo estar en Canadá  que estar encanada”. Termino mis escritos con los versos de una tal Joni Mitchel, paisana del músico de turno Rich Hope, ambos nacidos en la provincia canadiense de Alberta.




Woodstock



“Para el momento que llegamos a Woodstock
fuimos medio millón de valientes
y en todas partes hubo canto y celebración
y soñé que los bombarderos
cabalgando en el cielo con sus armas
se fueron convirtiendo en mariposas
sobre nuestra nación.
Somos polvo de estrellas,
miles de millones años de carbón,
somos oro capturado  
en una oferta del  diablo
y tenemos que conseguir nosotros mismos
el regreso al paraíso.”  



Rich Hope (nacido en Edmonton, Alberta) es un guitarrista canadiense cantante, compositor y artista cuyo estilo es influenciado por el blues y el rock. Su álbum “Rich Hope y Sus Hacedores de Mal”, fue lanzado por máximo Jazz Records en 2005. Rich está representado por Turner Músic y Eventos en Vancouver de la Columbia Británica. Hope comenzó como solista en 1998. Luego, se unió a la banda de John Ford convirtiéndose en uno de sus principales autores. La Banda lanzó su albúm debut bajo título homónimo en el año 1999, seguido por una gira de cinco años a través de Canadá. 




Un segundo álbum con John Ford, ‘Balas para soñadores’, fue lanzado en el año 2003. A todo esto el segundo trabajo de Hope como solista se mueve  hacia un Blues eléctrico, que incluyó canciones como Shake This Joint Around y My Love is a Bullet. . A menudo está respaldado por La Banda de los Hacedores de Mal, pero también en presentaciones individuales en Vancouver por los Blue Rangers. Rich Hope lanza en el 2018 su cuarto álbum "Soy todo tuyo", su primer lanzamiento integral desde el año de 2009 "Gonna Whip it on Ya". El nuevo álbum fue grabado en el estudio de Little red sounds de Vancouver con el productor Felix Fung, y está completo de la gruesa y alta energía  de rock sencillo con sabor a R&B que ha hecho de Hope una institución en su ciudad natal de Vancouver.





jueves, 3 de enero de 2019

Maestros del Blues Matt Andersen, y como invitado el poeta, también canadiense, Daniel Jones



Guitarrista y cantante canadiense nacido en Perth-AndoverNuevo Brunswick


Es un músico muy requerido en los principales festivales del género que se realizan en todas las latitudes del planeta. Incluso ha acompañado las giras de los artistas más consagrados de blues. Hablamos de Bo Diddley, Buddy Guy y Beth Hart, entre otros. Lleva grabados más de una decena de trabajos.




Nuestra generación
Del poeta canadiense Daniel Jones





Al final lo que nos jodió fue el miedo a la aniquilación. La vasta mayoría nunca superó la segunda guerra y lentamente se derritió frente a los sets de televisión. Para los demás el proceso fue aún más lento. Fue la pérdida de la esperanza lo que nos agarró al inicio y luego las peleas entre nosotros. Les dimos la espalda a nuestros desunidos tractos y en soledad murieron nuestros hígados. Ya no dormíamos o dormíamos demasiado. Pronto se fue nuestra osadía y nuestras extremidades temblaban visiblemente. Los ojos, locos y sueltos en sus cuencas, se nos querían salir. Nuestras mentes se fusionaron en una nada repetida. Colapsamos desde adentro. Habíamos olvidado cómo amar así que no hubo niños. Sólo quedaron las cucarachas y unos pocos poemas dispersos, testamentos de esta ceguera nuestra.




viernes, 28 de diciembre de 2018

Maestros del Blues… CREAM y en el ocaso de este nefasto 2018 "Crepúsculo de mi blues"...







Clapton en guitarra y voz, Bruce en bajo y voz, Backer en batería… Una genial selección, basado en el formato de Trío Power, acaso los tres mayores expositores de aquel momento en cada uno de los instrumentos, el primer “supergrupo” tal vez. Estamos hablando de Londres a mediados de los sesenta. Su sonido muy particular lo ubica para los críticos como una suerte de híbrido entre el Blues, el Rock Psicodélico y el Pop, aunque para mi entender musical ese término híbrido no hace otra cosa que calificar a quien lo esgrime ya que en ocasiones lo complejo es resumido con los más económicos y banales adjetivos producto de las limitaciones filológicas. 


Solo dos años le alcanzó a Cream (1966-1968) para sembrar legado y deseos de seguir su ruta. Un tal Hendrix tomó nota del trío y hasta su muerte honró con su fabuloso talento aquellos sonidos revolucionarios. Como mencionamos en 1968 se separaron, y fue debido a que Bruce y Backer no se llevaban para nada en aquellos tiempos. 

Recién veinticinco años después la banda se reencontró para un evento homenaje recibiendo distinciones varias por parte de la industria, por caso su ingreso al salón de la fama de rock. En mayo del 2005 realizaron una serie de conciertos en el Royal Albert Hall de Londres cuestión que repitieron en el Madison Square Garden de Nueva York en octubre de ese mismo año. En el 2006 recibieron un Grammy  honorífico por su carrera.
Fresh Cream de 1966, Disraeli Gears de 1967, Wheels of Fire de 1968 y Goodbye lanzando en 1969, luego de su separación, constituyen su obra. 


La influencia cultural de Cream, como banda, fue determinante en la música popular de fines de siglo, incluso más allá del género. Conjuntamente a Hendrix Experience podemos mencionar entre los seguidores de sus pasos a grupos de la talla de Pink Floyd, ZZ Top, Black Sabbath, AC/DC, The Police, Led Zeppelin.
Lo mismo ocurrió con cada uno de sus músicos individualmente, los cuales se erigieron como modelos de artista a imitar. Así es que la batería de Baker fue replicada por talentos como Bonham, Ward, Cobham, Paice, Mason, Lombardo, el bajo de Bruce fue respetado y “clonado” por artistas de la envergadura de Sting, Simmons, Lee, Sheehan, y la guitarra de Clapton resultó un verdadero manual de estudio para músicos como Jimi Hendrix, Van Halen, Jimmy Page, Duane Allman, Tommy Bolin, por solo nombrar algunos.


El octubre del 2014 muere Bruce debido a una complicación hepática, casi una década atrás había sido trasplantado producto de un cáncer en el hígado. En la actualidad Clapton y Backer, cada uno por su lado, continúan exhibiendo sus inigualables talentos rememorando viejas páginas y lo que es mejor aún, creando nuevas…




Crepúsculo de mi blues


Crepúsculo de mi blues, íntimo hemisferio nodal,
cadáver que mora disperso embustero y criminal.
Doce son los compases del solista de aguardiente
pena y extrema codicia, de ramera y de cliente.


En un cruce de senderos demoré por anhelar
que apareciera un acorde irradiando mi vagar.
Cansado de nulidad, extasiado en el rumor
una Gibson de entre bardas se hizo armonía y dolor.


Acentos laxos, exquisitos, lujuriosos
hienden con pulsión del averno hacia el reniego
desnutridos esbozos que desnudan nazarenos
al céfiro de los muertos y un rubor color sosiego


Oscuro recorrido de cadencia y melancolía
los obscenos penitentes rasgan sus armonías
melismas en el vacío, gangrenas de rebeldía,
gemido y sincopatía, esclavos por letanía.


Tras los votos y rosarios, los espurios confidentes,
suplican por acordes que revelen su infortunio 
artistas que previenen quimeras negligentes
inquina de la prosa, tono y oda sin preludio.






.... y terminamos el año nada menos que con CREAM amigazo Javier Miro... Si uno se toma el trabajo y recorre nuestras publicaciones ojalá perciba el cuidado, el respeto y la dedicación que no solo tenemos por los artistas convocados sino del mismo modo y con la misma intensidad por el lector. Creo que ambos estamos muy orgullosos de lo logrado a favor de difundir senderos culturales clásicos, los cuales resultan para muchos una grácil novedad justamente por su nula presencia en los medios masivos. Como en toda revista de modesto alcance hay artículos cuyo interés ha sobrepasado largamente nuestras expectativas, aún hoy y luego de varios años siguen recibiendo numerosas visitas mensuales, mientras que otras, acaso mas elaboradas y fatigosas en su armado no han tenido la misma suerte. Esto es, muchas ya caminan solas, con las otras hay que continuar, hay que insistir buenamente... Nos espera un 2019 vertiginoso, vamos por él, y por el arte, y por la sensibilidad... Abrazo y Felicidades

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Fuego.. blues musical y literario... por Claudia Serra





El lunes por la mañana, Jorgito llegó a la oficina con unas ojeras dignas de una película de zombies. No se trataba solamente de agotamiento por la trasnochada. Su encuentro con aquella mujer en el pub lo había llevado a la comprensión de que algunos sucesos en el mundo acontecían por causas algo más subterráneas y su aproximación a un secreto cósmico que él intuyó como tal desde un principio, terminó de transformarlo. Solía tener percepciones inusuales acerca de la gente, tan certeras como inconvenientes, porque ser más lúcido que otros puede derivar, a veces, en muy mal negocio. Sin embargo en la noche del domingo la situación se había disparado hacia zonas no cartografiadas por su natural habilidad, mares más allá de la misma turbulencia que se lo llevaron puesto. Porque se había acercado como una polilla ignorante del peligro a incandescencias para las cuales no estaba preparado. ¡Ah, la curiosidad!… siempre matando gatos sin que se le sustancie condena.
Haciendo memoria, el chico recordaba haberla visto por primera vez en la peatonal mientras hacía música “a la gorra” con su Les Paul: ella se había detenido a escucharlo. Pero ése no había sido el primero de sus encuentros, rememoró. Esta mujer se había hecho presente en varios de sus sueños, espaciadamente, como una recurrente película muda en la que se escondían pistas esquivas. Y fue ese domingo cuando unió las piezas.



No se trataba de una hembra de belleza descomunal pero, claramente, exudaba atracción hipnótica, un misterio de tipo adictivo. Su apariencia anclaba definitivamente en estéticas pretéritas, horizontes que campeaban por patrias borrosas, existentes vaya a saberse dónde y en qué tiempos. 
Cuando la encontró por segunda vez en el local donde le dejaban zapar, supo que no se trataba de casualidad. En una mesa lejana, en la semi-penumbra, ella se singularizaba con sus pelos irregulares y azules cubriéndole gran parte del rostro, los anteojos redondos a lo Lennon, su vestimenta de heroína metalera de Final Fantasy, en síntesis, un look de imposibilidad de historieta hecho cuerpo presente en el salón. Por eso creyó entrever que ella lo estaba buscando y sintió un dejo de aprensión y regocijo contradictorios. Aunque no dejaba de resultar gratificante que al menos alguien se interesaba por él en esa noche de desconsuelo en la que trataba de olvidar cómo lo había pateado ignominiosamente su novia. Le habían roto el corazón hacía poco y no podía juntar los pedazos estallados por la ciudad. Cualquier compañía, cualquiera, sería un bálsamo para esa sensación de manoseo de la que no podía desprenderse.
Pero apenas tomó esa noche el instrumento sintió un calor inusual en el pecho, una brasa hundiéndosele candente en el corazón e instintivamente apretujó con una mano ese trocito de remera hirviente, como si eso calmara el escozor. Y tras ello, miró a la extraña como pidiendo excusas por esta desprolijidad de comienzo de show. Ella, no movió ni una pestaña, permaneciendo en actitud de público exigente, atenta, sin revelar ninguna clase de empatía. Y esta indiferencia lo acicateó, decidiéndolo a impresionarla y a sobrepasar ese breve malestar que luego finalmente se desvaneció.
Como era la única respetuosa - el resto de los parroquianos hacían cualquier cosa menos prestarle atención -, tocaría exclusivamente para ella, se prometió. Pese a la clara diferencia de edad le estimulaba que una mujer de tal peculiaridad viniese a su encuentro en esa noche desencantada. Esa madrugada necesitaba una amante, una amiga o una confidente. Y se propuso trabajar en eso.
Al segundo tema que emprendió, escuchó flotando en el aire una segunda guitarra acompañándolo por unos breves minutos. Su guitarra… había hablado con otra y, sin embargo, no era posible porque no divisaba ningún otro instrumento en la sala. Pero sí, sucedía. Entonces lanzó un riff distorsionado de su propia cosecha para constatar si quien estaba tocando tenía la posibilidad de seguirlo. La otra viola respondió solvente, incluso superándolo.
Miró a su alrededor y nadie parecía percatarse de nada. Miró a la mujer y descubrió una luz rojiza pulsando en el medio de su tórax y un halo evanescente y multicolor evaporándose de ella, coincidente con cada acorde de esa otra guitarra misteriosa. La música salía de ese corazón extraordinario y vocalizante y nadie parecía percibir este hecho anormal salvo él, quizás por ser desde la infancia, cuasi autista y sinestésico, condición que le permitía ver color en un sonido y viceversa. A decir verdad, tardó años en sobrellevar esa avalancha sensorial porque era como si desde niño alguien lo hubiese abandonado en un local de jueguitos electrónicos lleno de plugs, bocinas, pitidos y sirenas, en medio de luces de neón constantes y diversas, un caos que le llevó mucho tiempo aprender a soportar.
Consciente entonces de que nadie constataría este juego a dúo se liberó de toda convención y comenzó a tirar rasguños, bucles, vuelcos, haciendo llorar a su Gibson por todas las miserias del mundo, preso de una competencia con ese otro instrumento anormal que estaba ahí nomás, a metros, provocándolo. Imaginó, entonces,  los sonidos de comarcas imposibles inmersas en guerras de fin de mundo. Compuso temas para sus ejércitos de fronteras y con su Les Paul ganó todas las batallas de un planeta sediento de belleza tras el infierno que él mismo había desatado. Concibió leyendas y las llevó a sus manos y ellas, obedientes, a su guitarra, poseído por la ternura y la furia en dosis parejas. Tocó una hora (jamás lo hacía por tanto tiempo, máxime que la recaudación, también “a la gorra”, solía ser misérrima). Y cuando terminó y bajó de su trance, se dio cuenta de que la gente del pub había quedado extática, arrojada involuntariamente a otra dimensión. Y que el dueño del local estrenaba cara de pocos amigos: el pibe le había arruinado, con tanta densidad, una noche de superficialidades más redituables. Como un nene pillado en falta, largó la viola disimuladamente y se fue derecho a la mesa de su musa, destruido por el esfuerzo pero muy satisfecho de sí.

-        Quién sos - preguntó, mientras se sentaba sin invitación.

No era una interrogación propiamente dicha sino un cierto tipo de afirmación, una sospecha y fue enunciada en clave de arrogancia, como lo haría un jugador increpando a su contendiente. Conocía de sobra que algunas cosas inexplicables así deben quedar pero decidió que ésta no era una de ellas.
La mujer deslizó un poco sus lentes para verlo y, sonriendo, sacó de su largo saco de cuero hasta los pies, un anotador y una finísima lapicera que brillaba con destellos de joya carísima. Entonces escribió algo y dio vuelta el block hasta ponerlo contra el pecho del chico que leyó una única frase en el papel:

“¿Realmente estás dispuesto a saber quién soy?”

Por breves segundos el muchacho le estudió el rostro, intrigado. Facciones de estampa, simetrías perfectas escondidas tras un revoltijo de pelo estudiadamente desordenado. Y una cierta ferocidad encubierta tras esa expresión de suficiencia. Alarmado, comprendió que no lograba reprimir una vocación de proximidad autómata hacia esa boca silente y sensual, probable encarnación de una trampa mortal. Y por sentirse sorpresivamente incómodo ante su propia vulnerabilidad,  se repuso y atacó el nudo de su preocupación.




-        ¿Solo yo puedo percibirte?

La mujer hizo un paneo rápido por todos los presentes y volvió a mirarlo, divertida. Unos pequeños y apenas visibles pliegues que denotaban sabiduría enmarcaron aquellos ojos que él no olvidaría jamás. Su mirada era profunda, atemporal, una mirada que remitía a mucho y a nada a la vez. Sin saber cómo ni por qué, se le cruzaron imágenes de tiempos de combates y cruzados. Y la verdad es que esos ojos habrían podido expresarse por sí solos prescindiendo de toda materialidad intermediaria, tan intensos eran.  Pero ella apelaba una y otra vez a lo escrito, plasmando lo que él ya adivinaba.

“Sólo puede oírme quien yo elija”, leyó el chico.

De paria social a elegido. No era mala transición, pensó.  Así que continuó con su indagación algo más sosegado, entregado sin reservas a un territorio inverosímil que le era conocido desde la niñez.

-        ¿Y por qué elegiste tocar conmigo? – preguntó, sospechando de su propia cordura por estar naturalizando algo tan irregular.

“No, no enloqueciste, tranquilizáte. Simplemente sos infinitamente más sensible que los demás. Yo apunto a ese tipo de gente”, escribió la mujer en ese block frenético que iba en un sentido y otro de la mesa, sin respiro, ya que ella garabateaba con una rapidez que denotaba mucha práctica en esa forma de comunicar.

El pibe se levantó de un salto. ¿Ella leía sus pensamientos? Pero luego volvió a sentarse, estaba demasiado interesado en llegar al final del asunto.

-        También leés mi mente – le dijo.

“Para nada, como vos, soy intuitiva. Sencillamente encuentro tus ideas a mitad de camino y las recojo, no hay magia en eso”, escribió.

-        No podés hablar, evidentemente, pero tu cuerpo exhala música, tu cuerpo puede imitar los sonidos de una guitarra. 

Ella hizo un leve gesto de desagrado y transcribió una contundente respuesta:

“Yo jamás imito”.



E inmediatamente su corazón soltó una serie de acordes experimentales que deslumbraron al chico. Porque eran la fase siguiente – aún no transcripta en pentagrama siquiera – de un tema que él mismo apenas comenzaba a esbozar en su cerebro. El chico recordó cuántas veces la había soñado y dudó, avergonzado, de su últimas inspiraciones musicales ¿Quién diablos era esta mujer?

-        ¿No vas a decirme tu nombre? – insistió nuevamente, inquieto.

“Me llamo como vos quieras nombrarme, así ha sido siempre”, se leyó en el papel.

-        Mirá, como te llames o te llamen – le dijo ya impaciente -  la verdad es que fue interesante seguirte el tren pero no dispongo de tiempo ni de ganas para perderme en ambigüedades y ahora realmente tengo que irme porque me están esperando – terminó, con cierto fastidio, porque la noche avanzaba y su deseo de compañía chocaba con esta mecánica de acertijos en papel.

“Nadie te espera y ambos lo sabemos”, le descerrajó la veloz escriba.

Cartón lleno.  El muchacho se levantó, tomó sus cosas y ya estaba a mitad de la calle cuando escuchó tras de sí un tema de Hendrix tan bien ejecutado que erizaba los pelos.



Se dio vuelta y en el medio del empedrado estaba ella, envuelta en haces que se tensaban y explotaban, como una potencia de la misma Tierra, lanzando la melodía del infortunado negro hacia todas las estrellas. Su energía, doblemente electrificada, arrasaba cualquier forma, cualquier piel y demandaba la compañía urgente de otro poeta de las cuerdas.
Cuando llegó al último tramo del larguísimo …… (tema de Hendrix), su cuerpo se contrajo en un espasmo y cayó abruptamente sobre los adoquines. Su figura ahora inmóvil semejaba un claroscuro cuidadosamente pintado en los suelos.  Su abrigo negrísimo en abanico, enmarcándola. Las tachas de su pechera relucientes en esta madrugada irreal. La luna que centelleaba por todos los azules de sus cabellos. Sombras y luces, como púlsares, titilando en el barrio de los insomnes. En su mente, la mujer se le apareció como un extraordinario pájaro protegiéndose con sus alas de noche negra. Y cuando ella por fin despertó del desmayo, el chico se agachó y le dijo tan sólo:

-        Me rindo. Que se haga tu voluntad.

Juntos caminaron hasta un pequeño pasaje de San Telmo donde evidentemente ella vivía. Una casona que bien podría haber pasado por una propiedad ocupada ilegalmente, dado el grado de descuido en el que estaba sumergida. Cuando llegaron, su primera impresión fue chocante: todas las paredes estaban completamente escritas. Los grafitis se agolpaban unos sobre otros. Los había de todo tipo. Mayormente, trágicos. La soledad se materializaba crispada en esa casa. Esta mujer no tenía un don, concluyó el muchacho, sino que era presa de una evidente maldición.

-        ¿Vos hacías música, verdad? – le dijo el pibe, sin dejar de mirar el pandemónium de escritos.

“Sí”, garrapateó ella sobre una pared vejada por anteriores letras.

-        ¿Eras buena?

“La mejor en cada uno de mis tiempos”, escribió la mano experta.

-        Flaca, perdonáme, pero no hubo una violera verdaderamente legendaria jamás.

“Aún no comprendés. Fui una con los mejores.”

-        Y si compartiste con ellos la gloria, como decís… ¿por qué no escuché de vos?  Digo, es raro, debería haberse colado alguna leyenda sobre alguien así - razonó el pibe.

Lo miró enternecida. Le costaría algo de trabajo hacerle entender de qué se trataba esto. Siempre pasaba así. Solo que sus tiempos y paciencias ya no eran los de antes y su proverbial encanto físico también había mermado impidiéndole apurar epidermis rebeldes porque hacía mucho que vivía en ese cuerpo. Por eso se apaciguó y emprendió una explicación para ese muchacho hermoso y pobre que ahora la tentaba. Desde su detección, se había fascinado por ese mocoso dramático e infeliz, dueño de un destino que solo ella podía reconocer. Ansiaba ser la contención y a la vez la pasión de esa criatura de ojos pardos; un ser que a su cuidado podría llevarse puestas multitudes. Entonces, haciendo un esfuerzo porque estaba realmente debilitada, escribió:

“Yo no aprendí de otros, yo fui quien les enseñó todo lo que supieron de sí mismos. Y fue la entrega total de su amor la que logró que consiguiera un trato justo para ellos. Yo garanticé la intensidad y extrañeza de sus sonidos mientras duraron sus cortas vidas. Porque el arte sublime es fulminante. Te quema ¿sabés? Fui yo quien los llevó a la fama, pegada a sus cuerpos como una siamesa. Fui yo quien traduje las preguntas surgidas de su interior, en música. Porque lo que tenían dentro era inmenso, gigantesco. Debía ayudarlos a aprender a manejar su propio fuego, a no incinerarse por dentro. Y ellos, con su último suspiro, me prestaron  por un tiempo esta humanidad con la que migro de tiempo en tiempo y con la hoy me presento a vos. Un acuerdo justo, repito. Entre ellos y un viejo amigo mío. Te lo dije, yo no imito, yo soy, si me lo propongo, el instrumento más preciado de la Tierra”.

El chico se alejó un poco como para poner distancia y ordenar ideas.                                                                                         

-        ¿Me estás diciendo que fuiste la guitarra de Hendrix? – y empezó a reírse, tiritando. A esta altura volvía a temer por su cordura.




“Tu razonamiento es correcto. Fui muchas cosas, entre ellas, ésta que venís de descubrir” – escribió con las últimas energías.

-        ¿Y la Lucille de BBKing… también es otra…?

“No, ese viejo pillo no transó jamás; la suya fue solo un artefacto hecho por hombres”.

-        Muy bien – replicó el pibe – digamos que hacés un pacto conmigo y te convertís en mi inseparable instrumento. ¿qué obtengo concretamente? ¿la destreza de Vaughan o de algún otro guitarrista extinto?

“No, rotundamente no –  ah! este chiquito era duro como el ébano -. Vos serías el grado más superlativo de tu propio genio. Y juntos elevaríamos nuevamente la música un paso más allá”.

Sentía una fatiga de centurias. Y la mención a Vaughan la había inundado de nostalgia y pesar. Pero antes no le costaba tanto trabajo llegar a un trato. Con los años había empezado a comprender los límites de la psicología humana y empezaba a notar que el envejecimiento de este cuerpo prestado, el último, la limitaba. En el pasado, su extraordinaria presencia había embaucado a los más primitivos de sus amores, aquéllos que deseaban inicialmente de ella nada más que sexo de otra galaxia. Humanos que, tras el deseo cumplido, habían caído cautivos de su magnetismo llegando a la locura misma de firmar su común destino de esposos hasta el fin.




El pibe estuvo media hora mirándola sin decir una palabra, analizando dónde se encontraba y con quién. Y ella respetó su silencio. Un acuerdo es algo serio, no debe apurarse. El muchacho era un premio seguro, ya había constatado su talento maridando ambos fuegos.
Cuando el chico se sintió más sereno,  se levantó diciendo:

-    Te agradezco, flaca, pero… paso.

Su cerebro había trabajado urgente cada una de las posibilidades y tangentes, enumerándolas.
Como si hiciera una travesía relámpago por sus rutinas, se vio haciendo, guitarra al hombro, una paciente fila en la feria barrial para llevarse algo de queso y pan en oferta, la única dieta que podía costear su presupuesto. Sobrevoló la incomodidad de vivir de prestado, molestando, en el  fondo de la casa de tía Olga, su única pariente en la ciudad; el laburo apenas temporario en la empresa de un amigo de otro tío; la imposibilidad de salirse del circuito mendicante de la peatonal o el pub mugriento;  la tristeza de sus ropas gastadas sin fantasía de reposición. E imaginó cómo serían los próximos diez años, de continuar estas carencias. En contraposición, esta mujer le proponía un ascenso vertiginoso. El dinero que nunca más le faltaría. La implosión de su arte lavando todas las privaciones anteriores. El mundo entero a sus pies, viajes, viajes y más viajes.
Y lo más importante, su esencia de creador saliendo a luz ante miles de personas. Nunca más la inseguridad. De ahora en más, sólo osadía y aplausos. Sería un príncipe y le seguirían séquitos. La desventaja de esta propuesta, una sola: una exclusiva y controversial acompañante en su breve y apoteósica grandeza. Ser reducido a pertenencia de su propio objeto, a la postre, su captor. Porque estaba ante una prodigiosa cosa o entidad – no podía precisar qué -  con la espeluznante potestad de amarlo y matarlo con fecha de vencimiento. Por eso repitió:

 -  Flaca, en serio, gracias, pero me voy.



A través de la ventana ella lo vio tomar la calle Balcarce y evaporarse en su anonimato. El joven que entrara a su casa ahora era un hombre. Y se derrumbó, vencida, en un rincón. Había perdido su última oportunidad ya que intuía que nunca más se enamoraría ni construiría epopeyas. Lo que le estaba sucediendo no haría sino repetirse una y otra vez, de seguir insistiendo. Estaba agotada. Ser intermitentemente mortal la había traspasado de muchas formas. Algunas de ellas indeseadas, como el dolor y la melancolía, sentimientos con los que no podía lidiar.
Cuando la puerta se cerró tras su imposible consorte, supo que le esperaría un destino de ostracismo en ese caserón, un limbo inadmisible hasta para ella, pura dualidad e hibridez maldita.
Comprendió que había llegado la hora de tomar partido y de recuperar su autonomía. Realmente había experimentado el amor humano y quería perpetuar ese recuerdo sagrado, antes de desintegrarse. Por eso se encaminó, resuelta, hacia una de las habitaciones en busca de ese otro objeto   celosamente guardado bajo llave. Un viejo y punzante hierro, la prenda superviviente de una traición. Una daga para matar dragones. Y la hundió en su corazón mientras éste era aún mortal, con rapidez, para evitar la intervención de su Jefe que no gustaba de esta clase de finales. Porque estaba rompiendo su propio pacto con quien le extrajera del viejo y herido órgano animal, la afrenta de un guerrero.
Todos estos años había sido su propio corazón ardiente,  rescatado del primero y más fantástico  de sus cuerpos, el migrante entre las distintas formas de ser. Por eso cortó el ciclo de engaños liberando su fuego original y su memoria en el viento, el que se desató colosal por todo el barrio de San Telmo.
Y mientras se desmaterializaba liberando esa torturada alma, bramó con su antigua y primigenia voz, ahora recuperada. Por un segundo recordó sus fantásticas alas, sus gloriosas zarpas, su mirada cenital escudriñando desde altura las planicies, todas y cada una de sus batallas como guardiana de los cielos de la antigüedad.
Esa madrugada, Jorge Santos caminó hasta agotarse y durmió apenas dos horas. En la empresa, a la mañana siguiente, lo miraron con recelo ni bien entró. Pero ya no le preocupaban los prejuicios de esa gente. Se sentía piadoso. Y heroico.  Y porque se sentía más vivo que nunca olvidó, incluso, sus penurias. Nada de su vida anterior tenía ya trascendencia. Importaba el hoy. El sol acariciaba benéfico los vidrios de la oficina y le hacía entrecerrar los ojos enrojecidos. Pero era hermoso contemplarlo, quemarse lenta y gradualmente bajo ese otro calor. Tenía toda una larga vida para hacerlo. Y dio gracias por ser él mismo, por poco o mucho que esto significase.

Autora: Claudia Serra