El pueblo estaba históricamente fragmentado
según marcaban las normas de rural urbanidad por una vía divisoria de clases,
grados y voluntades. Lo que antiguamente fuera el centro y apogeo de vecinos
ilustres se hallaba por entonces sumido en la más cruel desolación. La estación
del ferrocarril abandonada y decenas de terrenos a disposición del intruso describían
a un Norte devaluado, a la espera de lo que nunca será. El suburbio sureño, “el
otro lado” había recibido los beneficios de la modernidad a fuerza de la
esmerada construcción de barrios políticamente correctos, cuyas casas, nunca
escrituradas, eran adjudicadas según el sustento ocasional que podía llegar a
promover algún funcionario de abolengo jerarquizado. El alumbrado público, el
agua corriente, el ornamento botánico y un entoscado cuidadoso elegían al Sur
para detentar su patrocinio. El Norte se reservaba con exclusividad el derecho
a la destrucción y a la ruina, al olvido y a la nostalgia. Todavía conservaba
los esqueletos oxidados del viejo Almacén de ramos generales Litman y los de
las tiendas La Noria y Aguero, en donde los pudientes de antaño renovaban sus
vestuarios ante cada cambio de temporada. Por entonces los tiempos cotidianos
del pueblo los timbraba la llegada del tren. Norte y Sur se pasaban constantes
y legendarias facturas por omisiones y desprecios ancestrales. Cada lado
esgrimía como antagonista a su otro lado a despecho de una realidad que los
unía, una verdad no siempre percibida.
Cuento completo....
http://lasbalasdelcampanario.blogspot.com.ar/search?q=Breve+Reinado
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