El descanso era su amante imposible. Entre sábanas
empapadas y desencuentros, cigarrillos y calmantes, Marcelo Salgado no hallaba
el modo de conquistarla. Ninfa bocetada con carbones de idealismo y texturas
embebidas con elixires dotados de cualidades solo propicias dentro de paraísos
inexistentes. Las fórmulas utilizadas hasta la llegada de la solución final
estaban enmarcadas en las costumbres del resto de los mortales. Escribir a
media luz cartas de amor que jamás serán enviadas, leer magra y cansina poesía
antes de acostarse acompañado por música sacra, cenar en forma desmedida y
contundente con sobradas cantidades de vino y practicar actividades físicas
hasta el agotamiento. Nada surtía los efectos deseados. Marcelo no recordaba la
última vez que logró dormir en forma concreta y efectiva, estableciendo una
suerte de compromiso con su cuerpo, con su alma y con sus sueños. Los médicos
que visitó insistían con los usuales fármacos, inútiles medicamentos que
digería por obligación debido a su elevado costo.
Salgado hacía ocho años que estaba radicado en José A.
Guisasola, pueblo que a fines del siglo XX había caído en las generalidades de
la crisis de un mundo globalizado que poco y nada entendía que la gente debía
comer, educarse, trabajar, amar, sanarse y también descansar. Ubicado en el
sudoeste de la Provincia de Buenos Aires sufrió los avatares de la emigración,
el precio de los granos, la concentración de la riqueza y la escasez y el
olvido como políticas sociales.
En sus momentos libres, que eran muchos, Marcelo trataba
de diseñar estrategias de supervivencia, tácticas que exigían de alta
efectividad ya que sus días eran tan interminables como sus noches. La changa
formaba parte del espantoso paisaje cotidiano en donde algún arco iris
sortilegio ilustraba la postal muy de cuando en vez. Cuentan que durante el crepúsculo
del 20 de octubre de 1999, estando en el boliche del Valentín García, lugar del
que era habitué, comenzó a hojear una de esas revistas proclives a dar consejos
básicos sobre la vida. Esas publicaciones que nos desasnan sobre banalidades, desde
cómo armar un adorno navideño hasta cómo conciliar el sueño. Y allí se detuvo,
en ese inciso, su título determinante y taxativo no le daba ninguna opción, la
tentación hizo lo suyo ante lo evidente: Camine
hasta encontrarse con el sueño… sentenciaba el copete de nota
Valentín García, el Tin, me confesó que jamás volvió a ver a
Salgado. Aseguró con absoluta certeza que esa tarde-noche el hombre salió feliz
y entusiasmado del boliche en dirección al paraje El Zorro dejando sobre la
mesa lindera al ventanal que orienta al norte una medida de grapa a medio terminar, una carta de
amor anónima con marcados tonos en sepia en cuyo encabezamiento se podía intuir el nombre de una dama de la aldea y una revista de propuestas prácticas…
Autor GMS año 2005
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