Sus calles embarradas, sus ventanas cerradas
y sus frentes derruidos eran la triste postal cotidiana que por usanza no
inquietaba. Cristo, el perro de la villa, declinaba sus orejas demandando
comida; se llevará solamente una caricia que agradecerá bajando la mirada, como
entendiendo lo inoportuno del petitorio, acompañando a prudente distancia la
soledad del dimitente, siendo capaz de compadecerse por el dolor ajeno a pesar
de su peculiar infortunio. Por el momento el hombre decidió no decidir.
Prefirió dejar pasar unos días, de forma tal encontrar reposo para su
maltratado y deshilachado espíritu. Tapió la puerta de la casa disponiéndose a
vivir su luto con el propósito de refundarse y seguir en forma pausada con una
vida repleta de recuerdos aparentes e imágenes desordenadas. Arrojó su
silenciosa orfandad entre las sábanas deshechas, cerró los ojos tratando de no
ser traicionado por su memoria, se durmió fantaseando con la muerte. (Fragmento de la novela El Gallego Ángel... - Gustavo Marcelo Sala)...
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