Sentidos, soledad
En ocasiones suelo implorar por
lunas candiles eruditas en halos de claridad. No siento maltrato por el
supuesto vacío que proponen las alucinaciones, percibo y sospecho que a la
larga el cinismo paciente y expectante, vence. Ante la nada todo es posible, mí
voluntad reniega, conspira, conserva algo de orgullo, apuesta por su pericia.
Por las mañanas me invaden ayudas extrañas, esas que uno no solicita, auxilios
que exhortan con vencimiento mediante, ayuno necesario por exceso de cena y descanso:
fusión improcedente.
El bandoneón de Astor preserva todo
en su lugar haciendo promedio entre placeres y malestares. Es un amanecer
singular, tan especial como otros, completo de abismos, ausente de besos y
caricias.
No la llevo tan mal con mis espejos,
si bien delatan simétricos quebrantos conservo de ellos laberintos cómplices que
sin mí se rasgarían.
Es vago y cruel considerarlos
aliados, son simples acrílicos,
amarillas agendas, archivos mortales.
Debo admitir que aún conservo algunos
de mis sentidos conforme a requerimiento. Suelo abusar del paladar para amansar
en él y con él cepajes solidarios, acaso densos, acaso tortuosos. La ojera
marcada por el tiempo sigue prestando atención sobre aquello que vale la pena
leer y el oído continúa su labor aún con limitaciones desandando los magros
solos de penumbra, acordes que me indican que la música no es lo mío.
Sigo madurando, si se quiere de
manera taxativa, la nada sigue siendo lo posible, y más ilusorio es intentar huir de mí vasallo
interno. Al final del reto resulta imposible conservar algo por lo cual pueda
sentir cierta migaja de orgullo, más allá de las soledades que diariamente me obsequian mis sentidos..
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